Capitulo 19 La Carrera Llegamos derrapando a tiempo de subir a nuestro vuelo, y entonces comenzó la verdadera tortura. El avión ronroneaba ocioso en la pista, mientras los sobrecargos paseaban por el pasillo con toda tranquilidad, palmeando ... Ver descripción completa
Capitulo 19 La Carrera Llegamos derrapando a tiempo de subir a nuestro vuelo, y entonces comenzó la verdadera tortura. El avión ronroneaba ocioso en la pista, mientras los sobrecargos paseaban por el pasillo con toda tranquilidad, palmeando las bolsas en los portaequipajes superiores para cerciorarse de que estaban bien sujetos. Los pilotos permanecían apoyados fuera de la cabina de mando y charlaban con ellos cuando pasaban. La mano de Alice me aferraba con fuerza por el hombro para tranquilizarme mientras yo, devorada por la ansiedad, no dejaba de moverme en el asiento de un lado para otro. —Se va más rápifo volando que corriendo —me recordó en voz baja. Me limité a asentir una única vez sin dejar de moverme. Al final, el avión se alejó rodando muy despacio desde el punto de partida y comenzó a adquirir velocidad con regularidad paulatina que luego me traería por la calle de la amargura. Esperaba disfrutar de un reposo cuando hubiéramos completado el despegue, pero mi impaciencia y mi frenesí no disminuyeron. Alice sacó el teléfono del respaldo del asiendo de enfrente antes de que hubiéramos dejado de ascender y le dio la espalda a la azafata, quien la observó con desaprobación. Hubo algo en mi expresión que la disuadió de acercarse para protestar. Intenté no escuchar lo que Alice le decía a Jasper entre susurros, porque no quería espiarla de nuevo, pero aun así, oía algunas frases sueltas. —No estoy completamente segura. Lo veo hacer cosas diferentes, continúa cambiando de parecer... Salir a matar a todo el que se le ponga enfrente, atacar a la guardia, alzar un coche por encima de la cabeza en la plaza mayor... La mayoría, son hechos que lo descubrirían... Él sabe que ésa es la forma más rápida de obligarlos a reaccionar. »No, no puedes —Alice habló todavía más bajo, hasta que su voz resultó casi inaudible a pesar de que me encontraba a escasos centímetros de ella. Hice lo contrario de lo que me proponía y escuché con más interés—. Dile a Emmett que él tampoco... Bueno, pues ve tras Emmett y Rosalie y haz que vuelvan... Piénsalo, Jasper. Si nos ve a cualquiera de nosotros, ¿qué crees que va a hacer...? —asintió con la cabeza—. Exactamente... »Me parece que Bella es la única oportunidad, si es que hay alguna... Haré cuanto esté en mi mano, pero prepara a Carlisle. Las posibilidades son escasas... Después, se echó a reír y dijo con voz temblorosa: —Lo he pensado... Sí, te lo prometo —su voz se hizo más suplicante—. No me sigas. Te lo juro, Jasper, de un modo u otro me las apañaré para salir de ahí... Te quiero. Colgó y se reclinó sobre el respaldo del asiento con los ojos cerrados. —Detesto mentirle. —Alice, cuéntamelo todo —le imploré—. No entiendo nada. ¿Por qué le dijiste a Jasper que detenga a Emmett? ¿Por qué no pueden venir a ayudarnos? —Por dos motivos —susurró sin abrir los ojos—. A él sólo le expliqué el primero: nosotras podemos intentar detener a Edward por nuestra cuenta... Si Emmett lograra ponerle las manos encima, seríamos capaces de detenerlo el tiempo suficiente para convencerlo de que sigues viva, pero entonces no podríamos acercarnos hasta él a hurtadillas, y si nos viera llegar, se limitaría a actuar más deprisa. Arrojaría un coche contra un muro o algo así, y los Vulturis lo aplastarían. »Ése es el segundo motivo, por supuesto, el que no le podía decir a Jasper. Bella, se produciría un enfrentamiento si ellos acudieran y los Vulturis mataran a Edward. Las cosas serían muy distintas si tuviéramos la más mínima oportunidad de ganar, si nosotros cuatro fuéramos capaces de salvar a mi hermano por la vía de la fuerza, pero no es posible, Bella, y no puedo perder a Jasper de ese modo. Entendí por qué sus ojos imploraban que la entendiera. Estaba protegiendo a Jasper a nuestra costa y quizá también a la de Edward, pero la comprendía, y no pensé mal de ella. Asentí. —Una cosa —le pregunté—, ¿Edward no puede oírte? ¿No se va a enterar de que sigo viva en cuanto escuche tus pensamientos y, por tanto, de que no tiene sentido seguir con esto? En cualquier caso no tenía sentido, no existía ninguna justificación. Seguía sin ser capaz de creer que Edward pudiera reaccionar de esa manera. ¡No tenía ni pies ni cabeza! Recordé con dolorosa claridad aquel día en el sofá, mientras contemplábamos cómo Romeo y Julieta se mataban el uno al otro. "No estaba dispuesto a vivir sin ti," había afirmado como si eso fuera la conclusión más evidente del mundo. Y sin embargo, en el bosque, al plantarme, había hablado con convicción cuando me hizo saber que no sentía nada por mí... —Puede... si escucha —me explicó Alice—; y además, lo creas o no, es posible mentir con el pensamiento. Si tú hubieras muerto y aun así yo quisiera detenerlo, estaría pensando con toda la intensidad posible "está viva, está viva", y él lo sabe. ocultar